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martes, 31 de agosto de 2010

Se timbre


Cuando un mes angosto se acaba

¡Ting! Hacía el genuino Jerry Lewis, en tiempos en que las máquinas de escribir no necesitaban ser formateadas. Más bien precisaban del talento y de unos dedos agiles, pero ante todo de una mente despierta y abierta a imaginar. Una obra de arte sobre el papel, con los sonidos de teclas y retornos de carro. Puede que las mecanógrafas de antaño se estén reconvirtiendo en expertas en el cacharreo por la red y encuentren valiosos documentos y divertidos enlaces.

¡Ting, Ting! Imitando al original. Cuando uno es un genio se puede dar el gustazo de repetirse a sí mismo. Sin necesidad de más presentaciones. Tampoco hay necesidad de serlo para ser una misma, pasando revista hasta descubrir que detrás de la ciencia hay muchas redes: “conocer cada vez más de menos cosas hasta que se sabe todo de nada”. Claro que, en sentido contrario, si no se sabe nada de todo, es porque cada día se conoce menos de más cosas. Sí la ignorancia propia es la base de cierta felicidad, tanto como la gran sabiduría colectiva lleva a hundirse en una tristeza incierta.

¡Ting, Ting, Ting! Repercute el Maestro de la percusión, jó que cosas encuentra una por internet. El Director de la orquesta sigue esperando que, a su señal, los músicos le acompañen en su actuación. Lo malo es que no todos son un producto de conservatorio, algunos tocan de oído. Han decidido olvidar la partitura e interpretar melodías tan animadas como las de ayer, tan apagadas como las de hoy. Es cuestión de seguir una secuencia lineal que se mueve entre extremos tales como el bien y el mal, el blanco y el negro o el swing y el jazz. El interactivismo de uno le lleva a pensar que su futuro está influenciado por lo que hace, sin dejar de ver tantos cambios y demasiada tecnología con una mezcla de ocupación preocupante.

¡Tap, Tap, Tap, Tap! (1, 2, 3, 4 golpeando con la suela del zapato). Al fin han diseñado la mesa sobre la que me gustaría poner el mantel. Algunos manitas sacan ruidos de extraños platiwoks volantes, o de la hojarasca del otoño que ya se avecina. Ah, y el más difícil todavía… ¡sin hu-manos! (Que para eso queremos las máquinas en el infierno).


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