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sábado, 25 de diciembre de 2010

ONG’s


Otras Navidades Gatuna’s

Los humanos, gracias a su inteligencia artificial, se creen que las ciencias adelantan una barbaridad y que lo saben todo de casi todo. Me importa poco si mi visión, como ellos dicen, es en blanco y negro. Incluso si me cantan que estoy triste porque blue significa eso en inglés. A mí, sinceramente, me preocupan otras cosas. Los “sabelotodo” afirman que los gatos tienen siete vidas, pero que no saben contar el secreto de dicho prodigio. Los animales no nos comunicamos con humanos que todo el tiempo están informados y conectados a cacharros que son lo último en tecnología. Lo que de verdad ocurre es que están muy despistados, no prestan atención a lo verdaderamente importante. Un ejemplo, andaba yo por esos pueblos perdidos, buscando un refugio y el cariño preciso, hasta que me dio por entrar en un lugar donde habitan unos residentes muy peculiares. A uno de ellos debí caerle muy bien, porque inmediatamente me acogió y destinó parte de su dinero en comprarme comida para mininos. Seguramente no le sobran muchos euros de su pensión, sin embargo, no repara en el gasto que supone un menú tan exquisito. Con el paso del tiempo, a lo largo de 2010, me consta que otros compañeros suyos me han adoptado como mascota de un edificio que recuerda a un barco… no cabe duda, llamar la atención lo justito resulta muy atractivo para la tripulación.

Hace años pasaba mi vida subiendo y bajando de diferentes tipos de navíos. Me daba terror el avión y el pánico a tener un accidente me llevaba a viajar en trasatlánticos que comunicaban la vieja Europa con las Américas. Durante el verano regalaba mi talento en distintas plazas patrias y, al llegar el invierno, buscaba la calidez de las ovaciones al otro lado de ese enorme océano. También allí entendían ese arte, en un lenguaje tan similar que la mayoría de las actuaciones acababan con aplausos de los parroquianos. Al terminar la gira, volvía a meter todo en mí conocido baúl y regresaba a un país donde la pobreza y miseria de la posguerra seguía haciendo estragos. La verdad es que yo vivía muy lejos de todo aquello, el lujo a mí alrededor me llevaba a observarlo desde la humildad de alguien que sabe las cornadas que puede dar la vida. El trato con la muerte nunca me ha sido desconocido, por eso cuando me ofrecieron volver al planeta tierra no lo dude ni un minuto. Había un tipo solitario en el cielo que cantaba una canción que hablaba al respecto de unos ojos de gata y decidí regresar bajo la forma de una felina callejera. Más que nada para escribir otra melodía en versión femenina, recomponer la visión de un monstruo que habitaba entre el Tíber y los Apeninos, y ponerlo en su lugar. Mi retorno al mundo de la farándula no fue posible portando un pelaje ajeno y tan vulgar como para recibir el trato propio de un visón. Así que no tardé en verme callejeando y maullando sin el éxito que esperaba. Ni segunda partes fueron buenas, ni dar gato por liebre resulta buen negocio… en esas estaba cuando tras andar decenas de kilómetros llegue a la vallas metálicas del aeropuerto de Barajas.

Mi miedo a volar seguía intacto, así que bordeando una pequeña corriente de agua, anduve a lo largo de sus orillas hasta llegar a un precioso parque: el Arroyo de la Vega. Entre conejos y otros animalillos, no resultaba complicado subsistir. Siempre hay quien tira medio bocadillo o hay algún roedor poco espabilado al que dar pasaporte. Al principio resultaba divertido, tenía mi ruta y medio camelado a un camarero de un asador que me proporcionaba abundantes sobras de calidad. No es que sea una gata cool, pero no le hago ascos a unos trozos de salmón ahumado o de carne bien troceada. Ya digo que algunos humanos son tan estúpidos como para dejar en el plato lo que pagan para no apreciarlo. Una de tantas cosas que ocurren por estar todo el día colgados de sus teléfonos móviles y otros dispositivos que les mantienen desconectados de su medio ambiente natural. Quizás por ello no escuchan a sus seres queridos y mucho menos a los animales que les regalan tanta compañía.

Ya sé, unas cosas llevan a otras y, tras perseguir a un ratoncillo de campo que logró darme esquinazo por suerte para él, me encontré al lado de unas tejas verdes. Vale, yo veo en blanco y negro, pero sé leer el nombre de los buenos restaurantes. Lo curioso es que el olor a comida no salía de aquel lugar que, en otros tiempos de mayor gloria, recuerdo que también frecuentaba. El edificio con forma de barco, ese que estaba al otro lado de la calle, llamó mi atención olfativa, con lo que decidí traspasar sus verjas y plantarme al otro lado de su valla. Allí encontré personas de las normales - esas que siempre andan con sus quehaceres -, y otras que tenían tiempo para acariciarme y preocuparse por mi existencia. Mi presencia en el lugar se hizo imprescindible para algunos de ellos, molesta para otros e indiferente para esa mayoría que no repara más que en ellos mismos y sus problemas. Reconozco que el pasado de fumadora se reencontró con un club selecto de aficionados a los cigarrillos, los que hallan en ese hábito unos minutos para alejarse del ajetreo cotidiano y los que buscan suicidar tantos días en el retiro. Pronto descubrí lo que suponía para ellos y me gané un puesto como residente honorífica, eso sí, con permiso para pasear por fuera de sus aceras.

En la primavera, con la sangre más que alterada, me escapaba por las noches a un garito del pueblo donde actuaba un joven gatito que había corrido una suerte parecida a la mía. Durante el s. XX había sido un galán que cautivaba con su voz a las mujeres, su chupa de cuero y su flequillo alocado se reconvirtió en un oscuro y elegante traje que – como era previsible – es señal de mala suerte para los humanos. Qué entenderán de la fortuna que es pasar unas agradables veladas en cierta compañía (come stai bambina!!!), la que me proporcionó repetir una experiencia maravillosa: regalar tres vidas con las que compensar algunas bajas que suelen producirse en la residencia. Fue el resultado de mi desaparición misteriosa durante unas jornadas, hasta que los pequeñajos empezaron a corretear por los jardines repartiendo alegría e ilusión juvenil. Uno de mis retoños, con las prisas, no me dio tiempo a decorarlo y salió de un blanco que llamaba la atención. Mis queridas criaturas a estas horas están cumpliendo con la nueva misión que les ha sido conferida desde la Organización Natural Gatuna de la que formo parte. Que se sepa: hay muchos otros animalitos que tienen una mirada tan humana como para no preocuparse de ver las cosas blancas o negras, de ser galgos o podencos, de vivir en medio de la nada o acompañar la vacía existencia de seres grises que solo se preocupan por el paso del tiempo. El valor de cada uno de sus segundos, la importancia de los minutos que conceden, es pura relatividad con los siglos que llevan gozando de un aislamiento no deseado.

Hay un sitio donde las horas pasan unas detrás de otras, como en todos los demás lugares. El problema es que olvidemos que en él hay personas que no ven el instante en que alguien se acuerde de ellas. En ocasiones, escucho sus recuerdos una y mil veces porque dicen que ya no están cuerdos. Por momentos, los veo sonreír desde la sabiduría del que conoce la respuesta y espera que se le formule la pregunta adecuada. Incluso puedo oír a los que hace ya mucho que permanecen en el silencio horrible, el de los que no pueden decir lo que realmente necesitan. La falta de atención a signos elementales de comunicación es lo único que empaña mi mirada. Por eso, cuando necesito dejar escapar mis lágrimas, vuelvo a traspasar la valla metálica del aeropuerto y dejo volar mi imaginación… manteniendo los pies en la tierra, sin buscarme si tengo tres o cuatro y sabiendo que el siete es mi número de la buena suerte. A fin de cuentas, Otra Navidad Gatuna que vivo para contarlo… ¡y con buena compañía!

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